Se habían marchado ya 41 vueltas de una de las rivalidades más grandes de la historia. Aquella mañana-tarde en Manila, el minuto quizá más intenso entre round y round se estaba viviendo. Ali en su banquillo deseando no salir pidiendo el final, decidido a dejar el titulo en manos de su rival. Frazier, con desesperación exigiendo esos últimos 3 minutos, dispuesto a defender su orgullo o a caer con él, Poniendo como garantía su amistad para que Futch no parara la contienda. Pero el cuerpo se le había revelado al viejo Joe, su vista como si se tratara de una Huelga, dejo de acompañarlo durante los 6 minutos pasados, el instinto y su espíritu eran los que levantaban los músculos, haciendo esquivar unos cuantos golpes de todos los que Su rival disparaba. Ese espíritu que lo hacía golpear, buscando un milagro, algún gancho como el que en la "Pelea del siglo" puso en la Lona a Ali. Casi al más puro estilo de ficción Eddie paró la pelea instantes antes de que Clay lo hiciera por si solo, el dolor de la derrota no fue nada comparado con lo que sintió el campeón quedándose en su esquina. Mismo que se reflejo en su cara cuando al ser preguntado si habría a arriesgado su propia vida por ese decimo quinto round. Comento sin remordimiento y total seguridad en un corto pero sustancioso "Si".
Años después el publico se volvía a asombrar, esta vez dos ligeros, que en los momentos en que hasta levantar los brazos es una hazaña, Parecían detener el temblor de sus piernas, retomar la posición y responder puño por puño los ataques del rival, Tanto Ward como Gatti estaban a punto del colapso, exhaustos, lastimados pero sin dar muestras de una voluntad quebrada, adiós defensa, adiós guardia, estaba claro que ganaría el que pusiera una rayita mas de eso que te debe sobrar para ser campeón. Cada golpe iba con lo poco de fuerzas que aun quedaba y aun hacia había fuerzas para recibir uno más, Ya lentos ya cansados, más que un acto inhumano dejarlos seguir así fue como un regalo a su valentía y a la voluntad.
Pero a veces es algo un poco más que honor, orgullos o valentía, a veces pareciera que no quieren dejar el ring, como destinados a cumplir una penitencia. Como expiación de culpas, mas haya si es lo que piensan, Confiando en ellos, en un golpe devastador quizá haga cambiar el rumbo de la pelea y con eso también la manera en que la gente los ve. Margarito recibía una paliza de manos de Pacquiao, con un ojo deshecho, se rehusaba abandonar, quería seguir combatiendo, Nadie sabrá lo que pasaba por su mente, es imposible porque quizá ni él lo recuerde, pero tal pareciera que aquella noche no solo compartía guantes con el legendario filipino, si no con la sombra de su "Trampa" reconocida y sin reconocer, con todos aquellos que también pagaron su boleto para ver ser deshecho a golpes a un Hombre que a pesar de todo siempre fue un Gurrero, uno que por combatir hasta los Juicios morales literalmente en el mismo ring, dejara su carrera y la oportunidad de desmentir con actuaciones futuras, la mancha de un legado que pudo ser Inspirador.
No hay boxeador cobarde. Pero aquellos que han preferido ser levantados de la lona, antes que abandonar han dejado una marca en la inspiración de los novatos, deseosos de buenos bríos, sacando fuerzas de recuerdos o palabras hirientes, de vergüenza deportiva, de deseo de gloria. En batallas que están por encima de solo Ganar o perder, que son contra si mismo, por no serle infiel a su filosofía de estar en un encordado, cuando el romanticismo del pugilismo abraza a uno de sus protagonistas, y su humanidad no están importante, hipotecando su cuerpo como moneda de cambio para dejar algo más que un buen record a su legado.





